miércoles, 30 de mayo de 2012

El antepenúltimo profeta.


Recordaré el 15 de mayo de 2012 como el día en que se instaló un soberbio cenotafio en el imaginario de todos los países de habla castellana. Me expongo, es aquí donde la muerte traza con su largo falange la antepenúltima palabra del epitafio de las primeras letras universales: el día que zarpó Carlos Fuentes.
Carlos debió decirle a su pueblo que regresaría una vez más, como hizo Quetzalcoatl con el suyo. Sugerir que le esperáramos con la primera estrella de algún atardecer de muchos años después. Mentirnos. Es probable que su pueblo, por respeto, hubiese apuntalado la calidad de sus letras con todos sus insustanciales recursos, por decoro, en espera de que a su regreso no se sintiese tan decepcionado.
Si opto por la manida figura genealógica él vendría a ser el bisabuelo literario de mi generación. La quilla de un coloso transatlántico que inició su periplo en la década de los cincuentas y que se ha tornado una máquina abigarrada y compleja para la capacidad de nosotros sus descendientes. Fuentes, Llosa, Márquez, Cortázar, Carpentier, Cabrera Infante, Donoso, Asturias, Onetti, fueron los primeros estandartes literarios de América Latina. Antes del halo de su faro una antorcha. La literatura latinoamericana también tuvo su Big Bang iniciático: el Boom.
Me pongo sentencioso: no tenemos idea de lo que hemos perdido. Pocos ―algunos escritores del Crack y casi todos los contemporáneos de Fuentes que le sobrevivieron― distinguen la punta del iceberg que representa su muerte. Para todos los demás no hay más que un cubo de hielo flotando en el gélido mar de la inopia. Los escritores que conformaron el Boom Latinoamericano son la estirpe de una sangre que comienza a perderse entre sus retoños. La literatura latinoamericana era prácticamente inexistente para el viejo mundo. Habían ya, desde luego, brotado obras que con el paso del tiempo se volvería importantísimas, Doña Bárbara (Rómulo Gallegos), María (Jorge Isaacs), Don Segundo sobra (Ricardo Güiraldes), La vorágine (José Eustacio Rivera), entre otras. Pero estas eran obras que se valían de los recursos que ya habían sido explorados, y en algunos casos hasta enterrados, en Asia, África y sobre todo Europa. Obras que hasta ese momento causaban un retumbo cardinal, sí, pero retumbo casi exclusivo para los oídos latinoamericanos.
Cien años de soledad, Rayuela, La región más transparente, La ciudad y los perros, El siglo de las luces, El señor presidente, son las primeras novelas que producen un estallido ahí donde la literatura latinoamericana no había sido escuchada. Obras que se traducen a otros idiomas y son comparados con los maestros de ellos mismos: Dos Passos, Faulkner, Sartre, Bernard Shaw.
Este movimiento llevaba además una marca política, una inconformidad social latente que lleva estrechos lazos con la Revolución Cubana. Vargas Llosa asegura que el escritor tiene la obligación de hablar de los conflictos políticos y sociológicos, y no hacerlo es una traición directa al oficio. Cada cual a su manera pondría de relieve los problemas sociales y políticos de sus países, que se reflejan una y otra vez en sus obras.
Fuentes se compromete con México. Ya en el setenta y siete lo muestra cuando renuncia a la embajada de México en Francia en forma de protesta por el nombramiento de Díaz Ordaz. "Desde este momento manifiesto mi desacuerdo. Me resulta imposible formar parte del mismo cuerpo de representación que Gustavo Díaz Ordaz", diría a una entrevista para Le Monde. Sería un intelectual que, igual que los demás integrantes del Boom, sería buscado y codiciado por los medios de comunicación internacionales en busca de su opinión. Su figura no dista mucho de la del profeta trotamundos preocupado por los conflictos mundiales. Pero debo sincerarme: soy un infante en estado de interdicción explicando el sistema solar.
Las generaciones de escritores que siguieron han tenido un despegue más sencillo, premiaciones y certámenes están en puerta cada año. Cada vez es más notorio el desapego que muestran las obras de estos nuevos escritores para con los conflictos mundiales. Los más arriesgados se enfocan exclusivamente en sus países. Cada vez hay más escritores argentinos, mexicanos, colombianos, cubanos. Con dificultades encontraremos escritores latinoamericanos. Y para los que todavía busquemos románticamente escritores planetarios, encontraremos una fila de sillas desocupadas. Al final estarán Llosa y Márquez: nuestros últimos profetas universales.