Recordaré
el 15 de mayo de 2012 como el día en que se instaló un soberbio cenotafio en el
imaginario de todos los países de habla castellana. Me expongo, es aquí donde la
muerte traza con su largo falange la antepenúltima palabra del epitafio de las
primeras letras universales: el día que zarpó Carlos Fuentes.
Carlos debió decirle a su pueblo que regresaría
una vez más, como hizo Quetzalcoatl con el suyo. Sugerir que le esperáramos con
la primera estrella de algún atardecer de muchos años después. Mentirnos. Es
probable que su pueblo, por respeto, hubiese apuntalado la calidad de sus
letras con todos sus insustanciales recursos, por decoro, en espera de que a su
regreso no se sintiese tan decepcionado.
Si opto por la manida figura genealógica él
vendría a ser el bisabuelo literario de mi generación. La quilla de un coloso transatlántico
que inició su periplo en la década de los cincuentas y que se ha tornado una máquina
abigarrada y compleja para la capacidad de nosotros sus descendientes. Fuentes,
Llosa, Márquez, Cortázar, Carpentier, Cabrera Infante, Donoso, Asturias, Onetti,
fueron los primeros estandartes literarios de América Latina. Antes del halo de
su faro una antorcha. La literatura latinoamericana también tuvo su Big Bang iniciático:
el Boom.
Me pongo sentencioso: no tenemos idea de lo que
hemos perdido. Pocos ―algunos escritores del Crack y casi todos los
contemporáneos de Fuentes que le sobrevivieron― distinguen la punta del iceberg
que representa su muerte. Para todos los demás no hay más que un cubo de hielo
flotando en el gélido mar de la inopia. Los escritores que conformaron el Boom
Latinoamericano son la estirpe de una sangre que comienza a perderse entre sus
retoños. La literatura latinoamericana era prácticamente inexistente para el viejo
mundo. Habían ya, desde luego, brotado obras que con el paso del tiempo se
volvería importantísimas, Doña Bárbara (Rómulo
Gallegos), María (Jorge Isaacs), Don Segundo sobra (Ricardo Güiraldes), La vorágine (José Eustacio Rivera),
entre otras. Pero estas eran obras que se valían de los recursos que ya habían
sido explorados, y en algunos casos hasta enterrados, en Asia, África y sobre
todo Europa. Obras que hasta ese momento causaban un retumbo cardinal, sí, pero
retumbo casi exclusivo para los oídos latinoamericanos.
Cien años de soledad, Rayuela, La región más transparente, La ciudad y los perros, El siglo de las
luces, El señor presidente, son las primeras novelas que producen un
estallido ahí donde la literatura latinoamericana no había sido escuchada.
Obras que se traducen a otros idiomas y son comparados con los maestros de
ellos mismos: Dos Passos, Faulkner, Sartre, Bernard Shaw.
Este movimiento llevaba además una marca
política, una inconformidad social latente que lleva estrechos lazos con la Revolución Cubana.
Vargas Llosa asegura que el escritor tiene la obligación de hablar de los conflictos
políticos y sociológicos, y no hacerlo es una traición directa al oficio. Cada
cual a su manera pondría de relieve los problemas sociales y políticos de sus
países, que se reflejan una y otra vez en sus obras.
Fuentes se compromete con México. Ya en el
setenta y siete lo muestra cuando renuncia a la embajada de México en
Francia en forma de protesta por el nombramiento de Díaz Ordaz. "Desde
este momento manifiesto mi desacuerdo. Me resulta imposible formar parte del mismo
cuerpo de representación que Gustavo Díaz Ordaz", diría a una entrevista
para Le Monde. Sería un intelectual que, igual que los demás integrantes del
Boom, sería buscado y codiciado por los medios de comunicación internacionales
en busca de su opinión. Su figura no dista mucho de la del profeta trotamundos preocupado
por los conflictos mundiales.
Pero debo sincerarme: soy un infante en estado de interdicción explicando el
sistema solar.
Las generaciones de escritores que siguieron
han tenido un despegue más sencillo, premiaciones y certámenes están en puerta
cada año. Cada vez es más notorio el desapego que muestran las obras de estos
nuevos escritores para con los conflictos mundiales. Los más arriesgados se
enfocan exclusivamente en sus países. Cada vez hay más escritores argentinos,
mexicanos, colombianos, cubanos. Con dificultades encontraremos escritores
latinoamericanos. Y para los que todavía busquemos románticamente escritores
planetarios, encontraremos una fila de sillas desocupadas. Al final estarán
Llosa y Márquez: nuestros últimos profetas universales.
