martes, 28 de diciembre de 2010

Negro elogio a la probabilidad.

Aun cuando las probabilidades sean benévolamente escasas, pudo ser que cualquier veintiocho de diciembre de cualquier año del siglo XXI, un viejecito ande calle abajo con una perspicaz sonrisa en los labios. Calles atrás pudo haberse encontrado con Fulano, tal vez Mengano, conocido suyo del vecindario, quien pretendió hacerle una pésima broma que el viejecito no tragó. Ostenta, pues, su sonrisa con callado orgullo y la ofrece a quien se detenga en ella.
Pudo ser también que, calles adelante, un tufo bien identificado llegue a sus aletas nasales, y al tiempo en que estas se dilatan con un repentino temor, la sonrisa se distorsiona dejándole una mueca indefinible en el rostro. En ese punto, quizá, el viejecillo acelera el paso, ese paso que su vejez tornó torpe y del que se lamenta siempre que puede, como ahora. Ese mismo paso, pudo flaquear solo doblar la esquina, esa esquina que desvela a una barahúnda de indiscretos y un camión de bomberos que, irónicamente, le desmienten, y le susurran al oído que con algunos temas no juega.

De la orinoterapia.

En la ciudad tapatía, los estratos mayormente vapuleados por los hados han trastocado el sentido de la orinoterapia. De esta suerte, en cualquier callejuela, andador, puente peatonal, baldío, y en otras tantas áreas que presenten sus facilidades, uno podría encontrarse, de golpe, con el tufo de la orina de algún benévolo ciudadano que pensando en sus semejantes intenta así sanear a la población.

viernes, 13 de agosto de 2010

Digresiones de un cortejo.



Una última confesión melancólica. No he tenido
tiempo de ejercer la literatura. Pero he dedicado
todas las horas posibles para amarla.
JUAN JOSÉ ARREOLA

Creyendo advertir la estela de un movimiento, Manuel me dedica una mirada de soslayo. Mis espaldas le dicen tan poco como la hoja de cálculo que, sobre mis hombros, logra ver en la pantalla de mi ordenador. Su hemisferio lógico resulta brillante a la hora de recordar artículos específicos del Código Fiscal de la Federación o recitar de memoria la nómina entera de los integrantes de la Cámara de Senadores; pero se encuentra incapacitado para deducir que, bajo el teclado, he ocultado furtivamente una pequeña edición de El Aleph. Mi tío no puede invertir más tiempo en suposiciones: deberá incorporarse al debacle diario de sus labores y olvidar este detalle tan nimio para él como la literatura misma.

He de ser mediocremente franco: demoré bastante en sentirme atraído por los labios de la literatura. A la misma edad, Monterroso ya había leído El Quijote, Lovecraft ajustaba su propio universo caótico en papel, y Wilde ya había traducido El Príncipe. Es posible que mi deleitación por las obscuras historias de mi abuela materna, y los dramas cuasi verosímiles de mi abuela paterna, fueran el primitivo trazo rupestre de las múltiples Capillas Sixtinas a las que ahora asisto con fruición. Así y todo, no encuentro mucha disonancia entre el reciente pasante de Contaduría Pública que escribe esto y el joven bachiller despreocupado que inició sus andanzas en la Tierra Media tras el anillo tolkiano. Ambos se han quedado callados al escuchar a Manuel cuestionar despectivamente la utilidad de la literatura.

Pragmático hasta la médula, el hermano menor de mi padre, Manuel, bien puede ser el prototipo de hombres que inspiró a Serrat a componer A Usted, y a Sabina a hacer otro tanto con Mi Vecino de Arriba. Hombres equilibrados sin más vicios que la superación, sin otras desviaciones que la ira, sin más pasión que su trabajo y el futbol. En todo caso, no debería ser él el antihéroe de esta historia. La antagonía, objetivamente, me corresponde por derecho. Yo, que he regresado con la piel sudorosa de las páginas de Márquez, que conocí la sobriedad en las de Llosa y el absurdo en las de Del Paso. Cada uno de estos maestros, seductores de esa Pandora que es la literatura, han acaparado mayormente mi admiración en contraste con los que intiman con el mercado Forex, las devoluciones de I.V.A., o la consolidación de estados financieros. ¡Una traición directa! El tío Manuel hará bien en sentirse ofendido al saber que, la noche anterior a un temible examen de impuestos, navegaba por el Xurandó, río abajo, junto a Maqroll el Gaviero. Que al tiempo en que un catedrático de cabello cano esclarecía las normas de auditoría, yo ideaba una minificción donde un anónimo proyectil de calibre bajo terminaba con la vida de él, cuyos mayores pecados eran propagar el aburrimiento y su voz tipluda. Manuel debería sentirse burlado al saber que, mientras el tiempo apremia la realización de un cálculo de impuestos, Borges me narra su extravío en el Zahir.


Me sé estéril a la hora de sentir placer por alguna reforma fiscal o el tratamiento de un impuesto nuevo. De la misma manera en que Manuel, patrón mío, es insensible a la seducción de las palabras. Me he dejado domeñar por la voluptuosidad de la literatura. Hace tiempo que fijé mi norte en el cortejo de tan compleja mujer. Mi biblia seguirán siendo los acercamientos de Padilla, de Pitol, de Fuentes, a los que la literatura les ha asignado un grato lugar como amantes.

Las pasiones nunca son voluntarias. ¿Con qué palabras habrán defendido Rulfo o Ramírez Heredia sus inclinaciones literarias ante su profesión contable? ¿A los ojos de cuantos capitalistas sus desvíos tenían matices de locura o de manías sin sentido? Con todo, nunca podré desintoxicarme; y Manuel, nunca lo entenderá. Ambos nos reprocharemos en secreto nuestras respectivas bonhomías. Ahora mismo escribo estas líneas sigilosamente, eludiendo su supervisión. Él podrá seguir buscando el confort y el equilibrio material, le deseo sincera suerte. Yo, por mi parte, habré triunfado si logro que la Dama Literatura, esa mujer caprichosa, pierda la discreción al decir alguna vez: “entre mis amantes regulares, creo recordar a un tal Cedillo".





lunes, 2 de agosto de 2010

Tratado de manipulación no. 1

En la legión de personajes históricos y ficticios que encontraron la inmortalidad debido a sus habilidades manipuladoras, hay una particularmente que dejó sus trazos en mi adolescencia. La escena: un hombre susurra a otro toda una madrugada, aislados cada cual en su respectiva celda. Al día siguiente el celador descubre que el receptor de los murmullos ha trozadoa su propia lengua, para finalmente asfixiarse con ella. ¿El primero?, Hannibal Lecter. ¿La victima?, Multiple Miggs.

Desentendiéndome por un momento del plano ficticio, asevero que nunca he intimado con una persona digna de atribuirle, al menos mediocremente, el mote de manipulador. Han desfilado, eso sí, una retahíla de intentos que caricaturizan el arte: hombres que se aprovechan de la sensibilidad de su pareja, mujeres que logran los placeres más burdos colgándose de pucheros y ceños fruncidos. Y es en esta última clasificación, muy probablemente, en la que encontremos a la falsa Mary Brady* .

Ya al conocerla, la falsa Mary Brady irrumpe con el apabullamiento de la conversación ligera: el pasto primordial con el que los bovinos rumian. El saludo rápido y el desdoblamiento de su persona utilizando el humor sencillo como canal. A fuerza de creerlo realmente, ha logrado sembrar en su derredor la (cuestionable) idea de un atractivo físico notable. Gesticulación, aspavientos, maquillaje, prendas: toda ella una atalaya de manipulación, una estructura delatora de su propio andamiaje.

Todo indicaría que mis interacciones con ella deberían ser derogadas en lo sucesivo. Inexistentes. Por desgracia es una buena amiga de mi pareja. Intimo con ella de vez en vez y cada una de ellas reafirmo mi aversión hacia su ataque. Y es tétrico mirar como ruedan cabezas a mí alrededor, cabezas que afirman que sus movimientos son los adecuados, los sinceros, los indicados para ser fervientemente perseguidos. La caricatura viene y susurra al oído de aquel que poco después ira a estacionar su vehículo fuera de su casa: evitando que la dama ande por esas calles tan contrastantes con su persona. Después miraré sus comisuras arquearse un poco, y a su novio desternillarse en un inventario de propuestas y chistes desesperados por equilibrar su ánimo.

Y aquella fiesta. Solo. Gente. Ruido. Solo. Y mi compañía con ella. En aquel momento deseé susurrarle la madrugada entera mientras emulaba al buen Lecter.






* En el filme Sleepwalkers, 1992, la actriz Alice Krige Maud da vida a Mary Brady, quien forma parte de una extraña raza inhumana capaz de cambiar su aspecto físico por uno con tintes gatunos. Es justo esta criatura salida de la mente de Stephen King la que me recuerda el aspecto de la mujer de quien hablo, y pretendo así cuidar su identidad.

jueves, 8 de julio de 2010

Ajuste contable

Calculó la diferencia aritmética de los cargos respecto a los abonos. Valiéndose de un afilado grafito, finalizaba el trazo del último dígito cuando una silenciosa bala encontró asilo en su nuca, convocando a la inmovilidad perenne. Simultáneamente, dos cuentas se habían saldado.

viernes, 2 de julio de 2010

Antes...

Qué hacíamos, preguntas, qué antes de la saliva. Qué antes del jadeo y las manos sin auscultar. Y yo lamento no poder contestarte si no a medias. Por que, verás, ¿antes de mi?, ¡no lo sé! Pero, antes de ti…

No tendrías que hurgar mucho, sábelo, para suspirar satisfecha. Te inclinarías hacia mi y removerías acaso dos o tres recuerdos con un resquemor de curiosidad en las manos, para después detenerte y dudar si, después de todo, valdría la pena desmantelarme. Una primera impresión de mi pasado te dejaría colgada al rostro, de golpe, una sonrisa despreocupada; y yo, probablemente, bajaría la cabeza por pudor. Me atrevo a pensar que dejarías el baúl entre abierto, pensando en alejar ese olor a guardado que percibiste, tan similar al de la humedad.

Por que antes de ti, el frío. Pero no hagas caso, me pongo cursi.

Lo que digo es que de nada te serviría seguir los pasos del niño temeroso que fui antes de ti. Ni los del adolescente bohemio y desajustado que, a fuerza de los años, terminó bebiéndose otras realidades por que la suya le enfadaba. Ni seguir los trazos del joven que antecedió a éste que escribe, y al que, si te le hubieses acercado lo suficiente, hubieses captado cierto aliento resignativo que soltaba al hablar.

Por que antes de ti, unos pasos en sepia. Pero mira, ahora me pongo nostálgico.

Tendrías que saber que antes de ti fue la palabra rápida, el beso tosco. Antes de ti el eppur si muove, el ceteris paribus, el non plus ultra. Antes de Contigo, la Canción de las noches perdidas, y sustituyendo al domador, un ingenuo. Antes estaba la pasión adormecida, la visión de un sueño amputado, la apoteosis de la melancolía. Antes estuvo el caos, el masoquismo, el grito apagado, la basura acumulada en el espiral de un cuaderno deshojado. ¿Antes?, la desgana, la abulia, el mañana.

Por que antes de ti, los desgastados inventarios. Y mira, me estoy poniendo tonto.

Lo cierto es que no sé, no sé que había antes... No interesa, ¿a quién puede importarle?, si ahora hay tres luces celestes en cada crucero y un piantao que te canta al oído. ¿A quién?, si las ardillas nos han cercado, Les Cabaret Capricho hace un carnaval, y un camellón en Chapultepec nos pide ser recorrido. ¿Hoy?, Sabina nos deja su último concierto, Rulfo un Llano en llamas, y Benedetti un Viceversa. Hoy hay dos catadores de micheladas, dos amantes de la palabra, dos que han vencido a la utopía. Hoy hay un “mira lo que hace”, un tipo que huye con una mancha, un tríptico publicitario roto. ¿Justo ahora?, una madrugada visitante, un girasol mirándote, un hombre que te espera afuera. Un anciano que te acosa, una madre que te reprende, un novio que te ama. Una visitante sin antifaz, un hombre que muere por ser tú almohada, dos cuerpos que se estorban. Un bicicleta homicida, una escopeta paternal, Wall-e animando un beso. Una odontóloga, un contador, un desvarío.

Pero me detengo, por que mira, de pronto me pongo contento.

viernes, 25 de junio de 2010

Tratado de indecisión no. 1

En su Argumentum Ornithologicum, Borges propone la existencia de dios partiendo de una deficiencia humana: un factor no registrado por la memoria y, sin embargo, conciente de su existencia. Hasta donde se sabe, Borges era cabalista; lo que termina dando fuertes toques de ironía a la minificción del maestro.
Por otro lado, Sergio Pitol, en su Nocturno de Bujara, dispone una reflexión sobre el infinito como proemio del cuento. Un acercamiento a éste y al abismo que el mismo nos genera. No ignoremos el vaso comunicante entre ambos textos: la incapacidad de cifrar un número de aves.
En la primera, esta incapacidad llega a hacer las veces de prueba redundante a la hora de defender la existencia de un dios. La solución más cercana ante la figuración de un mundo sin estructura maestra. En la segunda, se refleja el temor ante la misma incapacidad y se llega a sugerir una postura resignativa. Es justamente ésta incapacidad la que me impulsa a adjudicarle al ser humano, sin remordimientos, una ineptitud ineludible a la hora de definir (o decidir) dentro del cosmos que le rodea. La indecisión, después de todo, puede definirse como la incapacidad para definir una postura.
El hombre anima o cosifica según le convenga su derredor; ésta conveniencia, seamos tolerantes, suele mayormente recargarse en la inconciencia. Nuestro universo material, a diferencia de nosotros, sostiene leyes en todo momento, hecho que nos distancia de un golpe con los objetos que suponemos domeñar. Leyes bien definidas que dejan en claro la distancia que media entre lo regido y los que tratan con lo regido. El ser humano, digámoslo de una vez, es inconstante por naturaleza. Detenernos a meditar si la bebida con la que acompañaremos nuestros alimentos será tal o cual; publicar nuestra felicidad y rabiar minutos después por la expectativa que se quebrantó ya en el trabajo, ya con la pareja; iniciar una novela y a media historia desear estar en otra; son actos que llevan ya, en demasía o a penas de rozón, la impronta de la indecisión.
La rebelión de nuestro cosmos podría comenzar al imitar nuestra fijación por lo indefinido. Imagino la ocasión en que alguien intente recargarse en cierta tapia a atar las agujetas de sus zapatos, y el muro decida cambiar su consistencia por que ese día no tiene ambiciones de ser coherente. O la jerga, flexible y porosa, decidiera un mal día endurecer su estructura en el momento justo en que un hombre la lanza a otro, evitando sortear distancia, en dirección al rostro.
Espero con gusto la fecha. Mientras tanto, ruego a la cábala de Borges, o al creador del infinito descrito por Pitol, si lo hay, que usted, señorita Mata, no juzgue de amargura o quisquillosidad mi disgusto por la indecisión.

lunes, 21 de junio de 2010

La ineptitud literaria de dios

Una mala mañana escribí una minificción en la que el mundo entero se dolía el deceso de Saramago. Su muerte, al día siguiente, me espantó, y corrí a cambiar su nombre por el de Monsiváis.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Selkirk

Descarto rotundamente que fuera dicha -o cualquier sentimiento semejante- lo que embargó a Alexander Selkirk al definir en el horizonte las naves que terminarían por rescatarle. Contrariamente, puedo imaginarlo correr isla adentro, refugiándose en la guarida que fungió de su hogar por cuatro dilatados años. No me es difícil creer que en su cabeza se hayan germinado infinitos temores, pensamientos probablemente ya menos ligados a la fluidez de un idioma y más al estremecimiento que desata en nosotros el bramar de un rayo. Dentro de su cabeza se habrán desdoblados peligros, horrores, pesadillas. Esto, desde luego, habrá sido sólo el primer impulso. En algún instante vendrán a él las noches de insomnio que sufrió en su llegada a la isla, el desasosiego, la desesperación. Vendrán la hambruna, el adaptamiento del que participó a la hora de cazar para finalmente sobrevivir. También vendrá a él la botella que lanzó al mar -macabro regalo del Capitán Dampier antes de abandonarlo en aquella isla-, en la que introdujo la hoja de banano que hizo las veces de papiro. Y sólo entonces regresará a la playa para encontrase con sus salvadores.
En su regreso le habrán actualizado de las eventualidades del mundo y, para reconfortarlo, descrito la suavidad y calidez de una cama. Supongo que le hablaron de los vítores con los que sería recibido sólo llegar a Escocia, la popularidad que obtendría, el héroe que terminaría siendo. Y aquí, estoy seguro, le habrán entregado la botella que “encontró uno de nuestros pescadores, señor mío, y al que usted le estará seguramente muy agradecido”. Y el no podrá si no sacar la hoja de banano y reconocer en ella los trazos que con la aguda arista de una roca suplicó salvación. Selkirk debió sollozar entonces. Habrá sido una sucesión de suspiros quedos que evolucionaron gradualmente a un desencadenado llanto. La tripulación, quizá, le dejó recuperarse de esa dicha que suponen le ha embargado -súbitamente- al saberse libre. Y sólo él, Alexander Selkirk, sabrá que cometió las dos estupideces más grandes de su vida, los equívocos que nunca supo perdonarse: dejarse rescatar por aquellos hombres, y haber lanzado al mar aquella botella.

martes, 18 de mayo de 2010

Tratado de ansiedad no. 1


Hay una oquedad, una nada en tus ojos absorbente. Dos agujeros negros auroleados de un castaño obscuro que -aparentemente- se vale de una fuerza de atracción mayor a la de los agujeros mismos. Insisto: aparentemente. Aquellos que se han detenido en la miel quemada que rodea cada núcleo, son apenas dípteros maravillados con la antesala de un mundo paralelo regido por leyes que no terminarían nunca de asir. Tus pupilas, son pues, filtros ante la mediocridad y la deficiencia masculina. Son la evolución de un mecanismo delicado y harto sincero que pretende la maximización de tiempos. Ya pueden detenerse a mirarlos neandhertales, cuentistas, budistas, serbios, celópatas o abogados: si terminan siendo insuficientes para las expectativas que lanzas, no podrán mirar ojos adentro.