Pudo ser también que, calles adelante, un tufo bien identificado llegue a sus aletas nasales, y al tiempo en que estas se dilatan con un repentino temor, la sonrisa se distorsiona dejándole una mueca indefinible en el rostro. En ese punto, quizá, el viejecillo acelera el paso, ese paso que su vejez tornó torpe y del que se lamenta siempre que puede, como ahora. Ese mismo paso, pudo flaquear solo doblar la esquina, esa esquina que desvela a una barahúnda de indiscretos y un camión de bomberos que, irónicamente, le desmienten, y le susurran al oído que con algunos temas no juega.
martes, 28 de diciembre de 2010
Negro elogio a la probabilidad.
Pudo ser también que, calles adelante, un tufo bien identificado llegue a sus aletas nasales, y al tiempo en que estas se dilatan con un repentino temor, la sonrisa se distorsiona dejándole una mueca indefinible en el rostro. En ese punto, quizá, el viejecillo acelera el paso, ese paso que su vejez tornó torpe y del que se lamenta siempre que puede, como ahora. Ese mismo paso, pudo flaquear solo doblar la esquina, esa esquina que desvela a una barahúnda de indiscretos y un camión de bomberos que, irónicamente, le desmienten, y le susurran al oído que con algunos temas no juega.
De la orinoterapia.
viernes, 13 de agosto de 2010
Digresiones de un cortejo.
Una última confesión melancólica. No he tenido
tiempo de ejercer la literatura. Pero he dedicado
todas las horas posibles para amarla.
JUAN JOSÉ ARREOLA
Creyendo advertir la estela de un movimiento, Manuel me dedica una mirada de soslayo. Mis espaldas le dicen tan poco como la hoja de cálculo que, sobre mis hombros, logra ver en la pantalla de mi ordenador. Su hemisferio lógico resulta brillante a la hora de recordar artículos específicos del Código Fiscal de
He de ser mediocremente franco: demoré bastante en sentirme atraído por los labios de la literatura. A la misma edad, Monterroso ya había leído El Quijote, Lovecraft ajustaba su propio universo caótico en papel, y Wilde ya había traducido El Príncipe. Es posible que mi deleitación por las obscuras historias de mi abuela materna, y los dramas cuasi verosímiles de mi abuela paterna, fueran el primitivo trazo rupestre de las múltiples Capillas Sixtinas a las que ahora asisto con fruición. Así y todo, no encuentro mucha disonancia entre el reciente pasante de Contaduría Pública que escribe esto y el joven bachiller despreocupado que inició sus andanzas en
Pragmático hasta la médula, el hermano menor de mi padre, Manuel, bien puede ser el prototipo de hombres que inspiró a Serrat a componer A Usted, y a Sabina a hacer otro tanto con Mi Vecino de Arriba. Hombres equilibrados sin más vicios que la superación, sin otras desviaciones que la ira, sin más pasión que su trabajo y el futbol. En todo caso, no debería ser él el antihéroe de esta historia. La antagonía, objetivamente, me corresponde por derecho. Yo, que he regresado con la piel sudorosa de las páginas de Márquez, que conocí la sobriedad en las de Llosa y el absurdo en las de Del Paso. Cada uno de estos maestros, seductores de esa Pandora que es la literatura, han acaparado mayormente mi admiración en contraste con los que intiman con el mercado Forex, las devoluciones de I.V.A., o la consolidación de estados financieros. ¡Una traición directa! El tío Manuel hará bien en sentirse ofendido al saber que, la noche anterior a un temible examen de impuestos, navegaba por el Xurandó, río abajo, junto a Maqroll el Gaviero. Que al tiempo en que un catedrático de cabello cano esclarecía las normas de auditoría, yo ideaba una minificción donde un anónimo proyectil de calibre bajo terminaba con la vida de él, cuyos mayores pecados eran propagar el aburrimiento y su voz tipluda. Manuel debería sentirse burlado al saber que, mientras el tiempo apremia la realización de un cálculo de impuestos, Borges me narra su extravío en el Zahir.
Me sé estéril a la hora de sentir placer por alguna reforma fiscal o el tratamiento de un impuesto nuevo. De la misma manera en que Manuel, patrón mío, es insensible a la seducción de las palabras. Me he dejado domeñar por la voluptuosidad de la literatura. Hace tiempo que fijé mi norte en el cortejo de tan compleja mujer. Mi biblia seguirán siendo los acercamientos de Padilla, de Pitol, de Fuentes, a los que la literatura les ha asignado un grato lugar como amantes.
Las pasiones nunca son voluntarias. ¿Con qué palabras habrán defendido Rulfo o Ramírez Heredia sus inclinaciones literarias ante su profesión contable? ¿A los ojos de cuantos capitalistas sus desvíos tenían matices de locura o de manías sin sentido? Con todo, nunca podré desintoxicarme; y Manuel, nunca lo entenderá. Ambos nos reprocharemos en secreto nuestras respectivas bonhomías. Ahora mismo escribo estas líneas sigilosamente, eludiendo su supervisión. Él podrá seguir buscando el confort y el equilibrio material, le deseo sincera suerte. Yo, por mi parte, habré triunfado si logro que
lunes, 2 de agosto de 2010
Tratado de manipulación no. 1
En la legión de personajes históricos y ficticios que encontraron la inmortalidad debido a sus habilidades manipuladoras, hay una particularmente que dejó sus trazos en mi adolescencia. La escena: un hombre susurra a otro toda una madrugada, aislados cada cual en su respectiva celda. Al día siguiente el celador descubre que el receptor de los murmullos ha trozadoa su propia lengua, para finalmente asfixiarse con ella. ¿El primero?, Hannibal Lecter. ¿La victima?, Multiple Miggs.
Desentendiéndome por un momento del plano ficticio, asevero que nunca he intimado con una persona digna de atribuirle, al menos mediocremente, el mote de manipulador. Han desfilado, eso sí, una retahíla de intentos que caricaturizan el arte: hombres que se aprovechan de la sensibilidad de su pareja, mujeres que logran los placeres más burdos colgándose de pucheros y ceños fruncidos. Y es en esta última clasificación, muy probablemente, en la que encontremos a la falsa Mary Brady*
Ya al conocerla, la falsa Mary Brady irrumpe con el apabullamiento de la conversación ligera: el pasto primordial con el que los bovinos rumian. El saludo rápido y el desdoblamiento de su persona utilizando el humor sencillo como canal. A fuerza de creerlo realmente, ha logrado sembrar en su derredor la (cuestionable) idea de un atractivo físico notable. Gesticulación, aspavientos, maquillaje, prendas: toda ella una atalaya de manipulación, una estructura delatora de su propio andamiaje.
Todo indicaría que mis interacciones con ella deberían ser derogadas en lo sucesivo. Inexistentes. Por desgracia es una buena amiga de mi pareja. Intimo con ella de vez en vez y cada una de ellas reafirmo mi aversión hacia su ataque. Y es tétrico mirar como ruedan cabezas a mí alrededor, cabezas que afirman que sus movimientos son los adecuados, los sinceros, los indicados para ser fervientemente perseguidos. La caricatura viene y susurra al oído de aquel que poco después ira a estacionar su vehículo fuera de su casa: evitando que la dama ande por esas calles tan contrastantes con su persona. Después miraré sus comisuras arquearse un poco, y a su novio desternillarse en un inventario de propuestas y chistes desesperados por equilibrar su ánimo.
Y aquella fiesta. Solo. Gente. Ruido. Solo. Y mi compañía con ella. En aquel momento deseé susurrarle la madrugada entera mientras emulaba al buen Lecter.
* En el filme Sleepwalkers, 1992, la actriz Alice Krige Maud da vida a Mary Brady, quien forma parte de una extraña raza inhumana capaz de cambiar su aspecto físico por uno con tintes gatunos. Es justo esta criatura salida de la mente de Stephen King la que me recuerda el aspecto de la mujer de quien hablo, y pretendo así cuidar su identidad.
jueves, 8 de julio de 2010
Ajuste contable
viernes, 2 de julio de 2010
Antes...
No tendrías que hurgar mucho, sábelo, para suspirar satisfecha. Te inclinarías hacia mi y removerías acaso dos o tres recuerdos con un resquemor de curiosidad en las manos, para después detenerte y dudar si, después de todo, valdría la pena desmantelarme. Una primera impresión de mi pasado te dejaría colgada al rostro, de golpe, una sonrisa despreocupada; y yo, probablemente, bajaría la cabeza por pudor. Me atrevo a pensar que dejarías el baúl entre abierto, pensando en alejar ese olor a guardado que percibiste, tan similar al de la humedad.
Por que antes de ti, el frío. Pero no hagas caso, me pongo cursi.
Lo que digo es que de nada te serviría seguir los pasos del niño temeroso que fui antes de ti. Ni los del adolescente bohemio y desajustado que, a fuerza de los años, terminó bebiéndose otras realidades por que la suya le enfadaba. Ni seguir los trazos del joven que antecedió a éste que escribe, y al que, si te le hubieses acercado lo suficiente, hubieses captado cierto aliento resignativo que soltaba al hablar.
Por que antes de ti, unos pasos en sepia. Pero mira, ahora me pongo nostálgico.
Tendrías que saber que antes de ti fue la palabra rápida, el beso tosco. Antes de ti el eppur si muove, el ceteris paribus, el non plus ultra. Antes de Contigo, la Canción de las noches perdidas, y sustituyendo al domador, un ingenuo. Antes estaba la pasión adormecida, la visión de un sueño amputado, la apoteosis de la melancolía. Antes estuvo el caos, el masoquismo, el grito apagado, la basura acumulada en el espiral de un cuaderno deshojado. ¿Antes?, la desgana, la abulia, el mañana.
Por que antes de ti, los desgastados inventarios. Y mira, me estoy poniendo tonto.
Lo cierto es que no sé, no sé que había antes... No interesa, ¿a quién puede importarle?, si ahora hay tres luces celestes en cada crucero y un piantao que te canta al oído. ¿A quién?, si las ardillas nos han cercado, Les Cabaret Capricho hace un carnaval, y un camellón en Chapultepec nos pide ser recorrido. ¿Hoy?, Sabina nos deja su último concierto, Rulfo un Llano en llamas, y Benedetti un Viceversa. Hoy hay dos catadores de micheladas, dos amantes de la palabra, dos que han vencido a la utopía. Hoy hay un “mira lo que hace”, un tipo que huye con una mancha, un tríptico publicitario roto. ¿Justo ahora?, una madrugada visitante, un girasol mirándote, un hombre que te espera afuera. Un anciano que te acosa, una madre que te reprende, un novio que te ama. Una visitante sin antifaz, un hombre que muere por ser tú almohada, dos cuerpos que se estorban. Un bicicleta homicida, una escopeta paternal, Wall-e animando un beso. Una odontóloga, un contador, un desvarío.
Pero me detengo, por que mira, de pronto me pongo contento.
viernes, 25 de junio de 2010
Tratado de indecisión no. 1
El hombre anima o cosifica según le convenga su derredor; ésta conveniencia, seamos tolerantes, suele mayormente recargarse en la inconciencia. Nuestro universo material, a diferencia de nosotros, sostiene leyes en todo momento, hecho que nos distancia de un golpe con los objetos que suponemos domeñar. Leyes bien definidas que dejan en claro la distancia que media entre lo regido y los que tratan con lo regido. El ser humano, digámoslo de una vez, es inconstante por naturaleza. Detenernos a meditar si la bebida con la que acompañaremos nuestros alimentos será tal o cual; publicar nuestra felicidad y rabiar minutos después por la expectativa que se quebrantó ya en el trabajo, ya con la pareja; iniciar una novela y a media historia desear estar en otra; son actos que llevan ya, en demasía o a penas de rozón, la impronta de la indecisión.
lunes, 21 de junio de 2010
La ineptitud literaria de dios
miércoles, 19 de mayo de 2010
Selkirk
En su regreso le habrán actualizado de las eventualidades del mundo y, para reconfortarlo, descrito la suavidad y calidez de una cama. Supongo que le hablaron de los vítores con los que sería recibido sólo llegar a Escocia, la popularidad que obtendría, el héroe que terminaría siendo. Y aquí, estoy seguro, le habrán entregado la botella que “encontró uno de nuestros pescadores, señor mío, y al que usted le estará seguramente muy agradecido”. Y el no podrá si no sacar la hoja de banano y reconocer en ella los trazos que con la aguda arista de una roca suplicó salvación. Selkirk debió sollozar entonces. Habrá sido una sucesión de suspiros quedos que evolucionaron gradualmente a un desencadenado llanto. La tripulación, quizá, le dejó recuperarse de esa dicha que suponen le ha embargado -súbitamente- al saberse libre. Y sólo él, Alexander Selkirk, sabrá que cometió las dos estupideces más grandes de su vida, los equívocos que nunca supo perdonarse: dejarse rescatar por aquellos hombres, y haber lanzado al mar aquella botella.
