Aun cuando las probabilidades sean benévolamente escasas, pudo ser que cualquier veintiocho de diciembre de cualquier año del siglo XXI, un viejecito ande calle abajo con una perspicaz sonrisa en los labios. Calles atrás pudo haberse encontrado con Fulano, tal vez Mengano, conocido suyo del vecindario, quien pretendió hacerle una pésima broma que el viejecito no tragó. Ostenta, pues, su sonrisa con callado orgullo y la ofrece a quien se detenga en ella.
Pudo ser también que, calles adelante, un tufo bien identificado llegue a sus aletas nasales, y al tiempo en que estas se dilatan con un repentino temor, la sonrisa se distorsiona dejándole una mueca indefinible en el rostro. En ese punto, quizá, el viejecillo acelera el paso, ese paso que su vejez tornó torpe y del que se lamenta siempre que puede, como ahora. Ese mismo paso, pudo flaquear solo doblar la esquina, esa esquina que desvela a una barahúnda de indiscretos y un camión de bomberos que, irónicamente, le desmienten, y le susurran al oído que con algunos temas no juega.
Pudo ser también que, calles adelante, un tufo bien identificado llegue a sus aletas nasales, y al tiempo en que estas se dilatan con un repentino temor, la sonrisa se distorsiona dejándole una mueca indefinible en el rostro. En ese punto, quizá, el viejecillo acelera el paso, ese paso que su vejez tornó torpe y del que se lamenta siempre que puede, como ahora. Ese mismo paso, pudo flaquear solo doblar la esquina, esa esquina que desvela a una barahúnda de indiscretos y un camión de bomberos que, irónicamente, le desmienten, y le susurran al oído que con algunos temas no juega.