La muerte acarició el bolígrafo y un destello impreciso vibró en sus cuencas. Vino entonces la disertación; podía:
- a) Regresar el bolígrafo a mi bolsillo, esperando que no simbolizase este el Caballo de Troya de vaya uno a saber qué malicia (malicia que, viniendo de ella, tenía un franco tono mortífero).
- b) Regalarle el bolígrafo, y dejarme aguijonear por la incertidumbre de saber sí fui burlado dos veces y a un mismo tiempo por la muerte: la primera al firmar aquel contrato, y la segunda al dejarle mi Montblanc por un temor mal infundado.