miércoles, 30 de mayo de 2012
El antepenúltimo profeta.
miércoles, 9 de marzo de 2011
Un hematoma retórico.
Sólo terminar la lectura de La Ciudad y los Perros, el ojo purpúreo marquesiano me viene a la cabeza. Si bien la novela se lee de golpe, deseando que nuestros itinerarios tengan más vacíos para rellenarlos con ella, se lee con cierto escalofrío, con dos o tres escenas que, a lo menos, nos arrancan un gesto agrio. Para el lector latinoamericano resulta fácil encontrar algo muy íntimo en esa violencia adolescente de los leonciopradinos. Un malestar que reconocemos como propio.
Llosa escribió la novela entre los veintidós y los veinticinco. Él mismo asegura que para crearla debió haber sido estudiante en el Colegio Leoncio Prado, donde se desarrolla la trama; además, de ser un poco como algunos de sus personajes principales. El punzón con el que la milicia marca a Llosa es agudo, y no se debe infravalorar su estrecho vínculo con el colegio y el impulso que le llevó a situar ahí su primera novela.
La formación militar que tanto se ata a una especie deformación humana no se termina de definir para Llosa. Los personajes se pasean con un pie en cada estrato, desplazándose como híbridos que no acabaran nunca de echar raíces.
Esa relación directa con los fusiles, el uniforme, el saludo marcial, la diana, que marca a Llosa, se torna difusa en Márquez. El lazo más nutriente de este último y el ejercito son las largas charlas y la educación paternalista que le brindó el coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía, su abuelo. El genio colombiano fraterniza con la leyenda, la remembranza, y sabe valerse de ellos para crear personajes militares que caminaran por Macondo. En El Coronel no tiene quién le escriba, se aleja de la formación militar y se centra en una vejez grisácea y parca. Y en las glorificas páginas de Cien Años de Soledad damos con el Coronel Aureliano, con sus treinta y dos fracasos (alusión, según el mismo Márquez, a Rafael Uribe Uribe, quién también perdió todas sus batallas), sobreviviente de fusilamientos y un intento de suicidio. Este personaje se nos antoja todo, excepto bélico. Prueba de ello es la firma del tratado de Neerlandia, con el cual baja las armas y se retira a casa.
Hay un contraste evidente en la concepción de la milicia, la violencia y lo beligerante de estos dos Premios Nobel. La Ciudad y los Perros, insisto, hace que imagine el altercado que tuvieron; los motivos del puñetazo me tienen sin cuidado. Figurarme el encontronazo de dos mundos literarios tan nutrientes como disímiles: Márquez, desde su trópico nostálgico y fantástico, y Llosa, con el puño ardoroso en el que vibra la ira de El Jaguar.

martes, 25 de enero de 2011
Precaución.
- a) Regresar el bolígrafo a mi bolsillo, esperando que no simbolizase este el Caballo de Troya de vaya uno a saber qué malicia (malicia que, viniendo de ella, tenía un franco tono mortífero).
- b) Regalarle el bolígrafo, y dejarme aguijonear por la incertidumbre de saber sí fui burlado dos veces y a un mismo tiempo por la muerte: la primera al firmar aquel contrato, y la segunda al dejarle mi Montblanc por un temor mal infundado.
viernes, 14 de enero de 2011
La décima esquina.
martes, 28 de diciembre de 2010
Negro elogio a la probabilidad.
Pudo ser también que, calles adelante, un tufo bien identificado llegue a sus aletas nasales, y al tiempo en que estas se dilatan con un repentino temor, la sonrisa se distorsiona dejándole una mueca indefinible en el rostro. En ese punto, quizá, el viejecillo acelera el paso, ese paso que su vejez tornó torpe y del que se lamenta siempre que puede, como ahora. Ese mismo paso, pudo flaquear solo doblar la esquina, esa esquina que desvela a una barahúnda de indiscretos y un camión de bomberos que, irónicamente, le desmienten, y le susurran al oído que con algunos temas no juega.
De la orinoterapia.
viernes, 13 de agosto de 2010
Digresiones de un cortejo.
Una última confesión melancólica. No he tenido
tiempo de ejercer la literatura. Pero he dedicado
todas las horas posibles para amarla.
JUAN JOSÉ ARREOLA
Creyendo advertir la estela de un movimiento, Manuel me dedica una mirada de soslayo. Mis espaldas le dicen tan poco como la hoja de cálculo que, sobre mis hombros, logra ver en la pantalla de mi ordenador. Su hemisferio lógico resulta brillante a la hora de recordar artículos específicos del Código Fiscal de
He de ser mediocremente franco: demoré bastante en sentirme atraído por los labios de la literatura. A la misma edad, Monterroso ya había leído El Quijote, Lovecraft ajustaba su propio universo caótico en papel, y Wilde ya había traducido El Príncipe. Es posible que mi deleitación por las obscuras historias de mi abuela materna, y los dramas cuasi verosímiles de mi abuela paterna, fueran el primitivo trazo rupestre de las múltiples Capillas Sixtinas a las que ahora asisto con fruición. Así y todo, no encuentro mucha disonancia entre el reciente pasante de Contaduría Pública que escribe esto y el joven bachiller despreocupado que inició sus andanzas en
Pragmático hasta la médula, el hermano menor de mi padre, Manuel, bien puede ser el prototipo de hombres que inspiró a Serrat a componer A Usted, y a Sabina a hacer otro tanto con Mi Vecino de Arriba. Hombres equilibrados sin más vicios que la superación, sin otras desviaciones que la ira, sin más pasión que su trabajo y el futbol. En todo caso, no debería ser él el antihéroe de esta historia. La antagonía, objetivamente, me corresponde por derecho. Yo, que he regresado con la piel sudorosa de las páginas de Márquez, que conocí la sobriedad en las de Llosa y el absurdo en las de Del Paso. Cada uno de estos maestros, seductores de esa Pandora que es la literatura, han acaparado mayormente mi admiración en contraste con los que intiman con el mercado Forex, las devoluciones de I.V.A., o la consolidación de estados financieros. ¡Una traición directa! El tío Manuel hará bien en sentirse ofendido al saber que, la noche anterior a un temible examen de impuestos, navegaba por el Xurandó, río abajo, junto a Maqroll el Gaviero. Que al tiempo en que un catedrático de cabello cano esclarecía las normas de auditoría, yo ideaba una minificción donde un anónimo proyectil de calibre bajo terminaba con la vida de él, cuyos mayores pecados eran propagar el aburrimiento y su voz tipluda. Manuel debería sentirse burlado al saber que, mientras el tiempo apremia la realización de un cálculo de impuestos, Borges me narra su extravío en el Zahir.
Me sé estéril a la hora de sentir placer por alguna reforma fiscal o el tratamiento de un impuesto nuevo. De la misma manera en que Manuel, patrón mío, es insensible a la seducción de las palabras. Me he dejado domeñar por la voluptuosidad de la literatura. Hace tiempo que fijé mi norte en el cortejo de tan compleja mujer. Mi biblia seguirán siendo los acercamientos de Padilla, de Pitol, de Fuentes, a los que la literatura les ha asignado un grato lugar como amantes.
Las pasiones nunca son voluntarias. ¿Con qué palabras habrán defendido Rulfo o Ramírez Heredia sus inclinaciones literarias ante su profesión contable? ¿A los ojos de cuantos capitalistas sus desvíos tenían matices de locura o de manías sin sentido? Con todo, nunca podré desintoxicarme; y Manuel, nunca lo entenderá. Ambos nos reprocharemos en secreto nuestras respectivas bonhomías. Ahora mismo escribo estas líneas sigilosamente, eludiendo su supervisión. Él podrá seguir buscando el confort y el equilibrio material, le deseo sincera suerte. Yo, por mi parte, habré triunfado si logro que

