miércoles, 19 de mayo de 2010

Selkirk

Descarto rotundamente que fuera dicha -o cualquier sentimiento semejante- lo que embargó a Alexander Selkirk al definir en el horizonte las naves que terminarían por rescatarle. Contrariamente, puedo imaginarlo correr isla adentro, refugiándose en la guarida que fungió de su hogar por cuatro dilatados años. No me es difícil creer que en su cabeza se hayan germinado infinitos temores, pensamientos probablemente ya menos ligados a la fluidez de un idioma y más al estremecimiento que desata en nosotros el bramar de un rayo. Dentro de su cabeza se habrán desdoblados peligros, horrores, pesadillas. Esto, desde luego, habrá sido sólo el primer impulso. En algún instante vendrán a él las noches de insomnio que sufrió en su llegada a la isla, el desasosiego, la desesperación. Vendrán la hambruna, el adaptamiento del que participó a la hora de cazar para finalmente sobrevivir. También vendrá a él la botella que lanzó al mar -macabro regalo del Capitán Dampier antes de abandonarlo en aquella isla-, en la que introdujo la hoja de banano que hizo las veces de papiro. Y sólo entonces regresará a la playa para encontrase con sus salvadores.
En su regreso le habrán actualizado de las eventualidades del mundo y, para reconfortarlo, descrito la suavidad y calidez de una cama. Supongo que le hablaron de los vítores con los que sería recibido sólo llegar a Escocia, la popularidad que obtendría, el héroe que terminaría siendo. Y aquí, estoy seguro, le habrán entregado la botella que “encontró uno de nuestros pescadores, señor mío, y al que usted le estará seguramente muy agradecido”. Y el no podrá si no sacar la hoja de banano y reconocer en ella los trazos que con la aguda arista de una roca suplicó salvación. Selkirk debió sollozar entonces. Habrá sido una sucesión de suspiros quedos que evolucionaron gradualmente a un desencadenado llanto. La tripulación, quizá, le dejó recuperarse de esa dicha que suponen le ha embargado -súbitamente- al saberse libre. Y sólo él, Alexander Selkirk, sabrá que cometió las dos estupideces más grandes de su vida, los equívocos que nunca supo perdonarse: dejarse rescatar por aquellos hombres, y haber lanzado al mar aquella botella.

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