viernes, 25 de junio de 2010

Tratado de indecisión no. 1

En su Argumentum Ornithologicum, Borges propone la existencia de dios partiendo de una deficiencia humana: un factor no registrado por la memoria y, sin embargo, conciente de su existencia. Hasta donde se sabe, Borges era cabalista; lo que termina dando fuertes toques de ironía a la minificción del maestro.
Por otro lado, Sergio Pitol, en su Nocturno de Bujara, dispone una reflexión sobre el infinito como proemio del cuento. Un acercamiento a éste y al abismo que el mismo nos genera. No ignoremos el vaso comunicante entre ambos textos: la incapacidad de cifrar un número de aves.
En la primera, esta incapacidad llega a hacer las veces de prueba redundante a la hora de defender la existencia de un dios. La solución más cercana ante la figuración de un mundo sin estructura maestra. En la segunda, se refleja el temor ante la misma incapacidad y se llega a sugerir una postura resignativa. Es justamente ésta incapacidad la que me impulsa a adjudicarle al ser humano, sin remordimientos, una ineptitud ineludible a la hora de definir (o decidir) dentro del cosmos que le rodea. La indecisión, después de todo, puede definirse como la incapacidad para definir una postura.
El hombre anima o cosifica según le convenga su derredor; ésta conveniencia, seamos tolerantes, suele mayormente recargarse en la inconciencia. Nuestro universo material, a diferencia de nosotros, sostiene leyes en todo momento, hecho que nos distancia de un golpe con los objetos que suponemos domeñar. Leyes bien definidas que dejan en claro la distancia que media entre lo regido y los que tratan con lo regido. El ser humano, digámoslo de una vez, es inconstante por naturaleza. Detenernos a meditar si la bebida con la que acompañaremos nuestros alimentos será tal o cual; publicar nuestra felicidad y rabiar minutos después por la expectativa que se quebrantó ya en el trabajo, ya con la pareja; iniciar una novela y a media historia desear estar en otra; son actos que llevan ya, en demasía o a penas de rozón, la impronta de la indecisión.
La rebelión de nuestro cosmos podría comenzar al imitar nuestra fijación por lo indefinido. Imagino la ocasión en que alguien intente recargarse en cierta tapia a atar las agujetas de sus zapatos, y el muro decida cambiar su consistencia por que ese día no tiene ambiciones de ser coherente. O la jerga, flexible y porosa, decidiera un mal día endurecer su estructura en el momento justo en que un hombre la lanza a otro, evitando sortear distancia, en dirección al rostro.
Espero con gusto la fecha. Mientras tanto, ruego a la cábala de Borges, o al creador del infinito descrito por Pitol, si lo hay, que usted, señorita Mata, no juzgue de amargura o quisquillosidad mi disgusto por la indecisión.

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