Mirándose por encima de un jarrón de barro se dice que andan. A fuerza de beber el frío ambarino que el recipiente sostiene, sus miradas se tornan acuosas, húmedas. Las sonrisas se facilitan, y cada fragmento de su derredor les aguijonea para dibujarles una de momento a momento. Y las figuras dispuestas en los murales –ganado vacuno, cantantes de rock-, paulatinamente, cobran vida. Murmuraciones al principio, gritos después. La algarabía del lugar y el bullicio se eleva tanto que los obliga a huir, a buscar un cómodo sofá que les tranquilice la agitación de haberse encontrado.
viernes, 14 de enero de 2011
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay nada que me calme esta emoción de haberte encontrado. Si fuera agua , tú serías los 100 grados que necesito para ebullicionar;
ResponderEliminar