Sólo terminar la lectura de La Ciudad y los Perros, el ojo purpúreo marquesiano me viene a la cabeza. Si bien la novela se lee de golpe, deseando que nuestros itinerarios tengan más vacíos para rellenarlos con ella, se lee con cierto escalofrío, con dos o tres escenas que, a lo menos, nos arrancan un gesto agrio. Para el lector latinoamericano resulta fácil encontrar algo muy íntimo en esa violencia adolescente de los leonciopradinos. Un malestar que reconocemos como propio.
Llosa escribió la novela entre los veintidós y los veinticinco. Él mismo asegura que para crearla debió haber sido estudiante en el Colegio Leoncio Prado, donde se desarrolla la trama; además, de ser un poco como algunos de sus personajes principales. El punzón con el que la milicia marca a Llosa es agudo, y no se debe infravalorar su estrecho vínculo con el colegio y el impulso que le llevó a situar ahí su primera novela.
La formación militar que tanto se ata a una especie deformación humana no se termina de definir para Llosa. Los personajes se pasean con un pie en cada estrato, desplazándose como híbridos que no acabaran nunca de echar raíces.
Esa relación directa con los fusiles, el uniforme, el saludo marcial, la diana, que marca a Llosa, se torna difusa en Márquez. El lazo más nutriente de este último y el ejercito son las largas charlas y la educación paternalista que le brindó el coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía, su abuelo. El genio colombiano fraterniza con la leyenda, la remembranza, y sabe valerse de ellos para crear personajes militares que caminaran por Macondo. En El Coronel no tiene quién le escriba, se aleja de la formación militar y se centra en una vejez grisácea y parca. Y en las glorificas páginas de Cien Años de Soledad damos con el Coronel Aureliano, con sus treinta y dos fracasos (alusión, según el mismo Márquez, a Rafael Uribe Uribe, quién también perdió todas sus batallas), sobreviviente de fusilamientos y un intento de suicidio. Este personaje se nos antoja todo, excepto bélico. Prueba de ello es la firma del tratado de Neerlandia, con el cual baja las armas y se retira a casa.
Hay un contraste evidente en la concepción de la milicia, la violencia y lo beligerante de estos dos Premios Nobel. La Ciudad y los Perros, insisto, hace que imagine el altercado que tuvieron; los motivos del puñetazo me tienen sin cuidado. Figurarme el encontronazo de dos mundos literarios tan nutrientes como disímiles: Márquez, desde su trópico nostálgico y fantástico, y Llosa, con el puño ardoroso en el que vibra la ira de El Jaguar.

Para mí es como el tejuino. Se me antoja pero lo pruebo y nomás no me gusta.
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