En la legión de personajes históricos y ficticios que encontraron la inmortalidad debido a sus habilidades manipuladoras, hay una particularmente que dejó sus trazos en mi adolescencia. La escena: un hombre susurra a otro toda una madrugada, aislados cada cual en su respectiva celda. Al día siguiente el celador descubre que el receptor de los murmullos ha trozadoa su propia lengua, para finalmente asfixiarse con ella. ¿El primero?, Hannibal Lecter. ¿La victima?, Multiple Miggs.
Desentendiéndome por un momento del plano ficticio, asevero que nunca he intimado con una persona digna de atribuirle, al menos mediocremente, el mote de manipulador. Han desfilado, eso sí, una retahíla de intentos que caricaturizan el arte: hombres que se aprovechan de la sensibilidad de su pareja, mujeres que logran los placeres más burdos colgándose de pucheros y ceños fruncidos. Y es en esta última clasificación, muy probablemente, en la que encontremos a la falsa Mary Brady*
Ya al conocerla, la falsa Mary Brady irrumpe con el apabullamiento de la conversación ligera: el pasto primordial con el que los bovinos rumian. El saludo rápido y el desdoblamiento de su persona utilizando el humor sencillo como canal. A fuerza de creerlo realmente, ha logrado sembrar en su derredor la (cuestionable) idea de un atractivo físico notable. Gesticulación, aspavientos, maquillaje, prendas: toda ella una atalaya de manipulación, una estructura delatora de su propio andamiaje.
Todo indicaría que mis interacciones con ella deberían ser derogadas en lo sucesivo. Inexistentes. Por desgracia es una buena amiga de mi pareja. Intimo con ella de vez en vez y cada una de ellas reafirmo mi aversión hacia su ataque. Y es tétrico mirar como ruedan cabezas a mí alrededor, cabezas que afirman que sus movimientos son los adecuados, los sinceros, los indicados para ser fervientemente perseguidos. La caricatura viene y susurra al oído de aquel que poco después ira a estacionar su vehículo fuera de su casa: evitando que la dama ande por esas calles tan contrastantes con su persona. Después miraré sus comisuras arquearse un poco, y a su novio desternillarse en un inventario de propuestas y chistes desesperados por equilibrar su ánimo.
Y aquella fiesta. Solo. Gente. Ruido. Solo. Y mi compañía con ella. En aquel momento deseé susurrarle la madrugada entera mientras emulaba al buen Lecter.
* En el filme Sleepwalkers, 1992, la actriz Alice Krige Maud da vida a Mary Brady, quien forma parte de una extraña raza inhumana capaz de cambiar su aspecto físico por uno con tintes gatunos. Es justo esta criatura salida de la mente de Stephen King la que me recuerda el aspecto de la mujer de quien hablo, y pretendo así cuidar su identidad.
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