viernes, 13 de agosto de 2010

Digresiones de un cortejo.



Una última confesión melancólica. No he tenido
tiempo de ejercer la literatura. Pero he dedicado
todas las horas posibles para amarla.
JUAN JOSÉ ARREOLA

Creyendo advertir la estela de un movimiento, Manuel me dedica una mirada de soslayo. Mis espaldas le dicen tan poco como la hoja de cálculo que, sobre mis hombros, logra ver en la pantalla de mi ordenador. Su hemisferio lógico resulta brillante a la hora de recordar artículos específicos del Código Fiscal de la Federación o recitar de memoria la nómina entera de los integrantes de la Cámara de Senadores; pero se encuentra incapacitado para deducir que, bajo el teclado, he ocultado furtivamente una pequeña edición de El Aleph. Mi tío no puede invertir más tiempo en suposiciones: deberá incorporarse al debacle diario de sus labores y olvidar este detalle tan nimio para él como la literatura misma.

He de ser mediocremente franco: demoré bastante en sentirme atraído por los labios de la literatura. A la misma edad, Monterroso ya había leído El Quijote, Lovecraft ajustaba su propio universo caótico en papel, y Wilde ya había traducido El Príncipe. Es posible que mi deleitación por las obscuras historias de mi abuela materna, y los dramas cuasi verosímiles de mi abuela paterna, fueran el primitivo trazo rupestre de las múltiples Capillas Sixtinas a las que ahora asisto con fruición. Así y todo, no encuentro mucha disonancia entre el reciente pasante de Contaduría Pública que escribe esto y el joven bachiller despreocupado que inició sus andanzas en la Tierra Media tras el anillo tolkiano. Ambos se han quedado callados al escuchar a Manuel cuestionar despectivamente la utilidad de la literatura.

Pragmático hasta la médula, el hermano menor de mi padre, Manuel, bien puede ser el prototipo de hombres que inspiró a Serrat a componer A Usted, y a Sabina a hacer otro tanto con Mi Vecino de Arriba. Hombres equilibrados sin más vicios que la superación, sin otras desviaciones que la ira, sin más pasión que su trabajo y el futbol. En todo caso, no debería ser él el antihéroe de esta historia. La antagonía, objetivamente, me corresponde por derecho. Yo, que he regresado con la piel sudorosa de las páginas de Márquez, que conocí la sobriedad en las de Llosa y el absurdo en las de Del Paso. Cada uno de estos maestros, seductores de esa Pandora que es la literatura, han acaparado mayormente mi admiración en contraste con los que intiman con el mercado Forex, las devoluciones de I.V.A., o la consolidación de estados financieros. ¡Una traición directa! El tío Manuel hará bien en sentirse ofendido al saber que, la noche anterior a un temible examen de impuestos, navegaba por el Xurandó, río abajo, junto a Maqroll el Gaviero. Que al tiempo en que un catedrático de cabello cano esclarecía las normas de auditoría, yo ideaba una minificción donde un anónimo proyectil de calibre bajo terminaba con la vida de él, cuyos mayores pecados eran propagar el aburrimiento y su voz tipluda. Manuel debería sentirse burlado al saber que, mientras el tiempo apremia la realización de un cálculo de impuestos, Borges me narra su extravío en el Zahir.


Me sé estéril a la hora de sentir placer por alguna reforma fiscal o el tratamiento de un impuesto nuevo. De la misma manera en que Manuel, patrón mío, es insensible a la seducción de las palabras. Me he dejado domeñar por la voluptuosidad de la literatura. Hace tiempo que fijé mi norte en el cortejo de tan compleja mujer. Mi biblia seguirán siendo los acercamientos de Padilla, de Pitol, de Fuentes, a los que la literatura les ha asignado un grato lugar como amantes.

Las pasiones nunca son voluntarias. ¿Con qué palabras habrán defendido Rulfo o Ramírez Heredia sus inclinaciones literarias ante su profesión contable? ¿A los ojos de cuantos capitalistas sus desvíos tenían matices de locura o de manías sin sentido? Con todo, nunca podré desintoxicarme; y Manuel, nunca lo entenderá. Ambos nos reprocharemos en secreto nuestras respectivas bonhomías. Ahora mismo escribo estas líneas sigilosamente, eludiendo su supervisión. Él podrá seguir buscando el confort y el equilibrio material, le deseo sincera suerte. Yo, por mi parte, habré triunfado si logro que la Dama Literatura, esa mujer caprichosa, pierda la discreción al decir alguna vez: “entre mis amantes regulares, creo recordar a un tal Cedillo".





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